Si todo fuera como en las películas, encontraríamos el amor de nuestras vidas sentado/a en un café mientras ha dejado de llover.
Podría enamorarme del aroma húmedo en su piel, de ese café expreso deseando ser tomado a sorbos cálidos y sin quemaduras de menor grado en su lengua, que aún no imaginaría.
Decoraría el paisaje perfectamente, su bolso decolorado con las estampillas de banderas europeas, esos lentes junto a las servilletas regrabadas con el nombre de un café central, de fondo el piso cubierto de una hilera de gotas de agua que ahora caían desde las sombrillas de las mesitas con cafés humeantes acompañados de rollitos de canela, muffins o pequeñas tartaletas de frutas.
Podría enamorarme con sus movimientos de mano al esparcir el humo con sus suspiros torrenciales, ¿En qué pensaba mientras veía el agua sobre el suelo?¿En qué pensaba con su mirada sin protección frente a la luz tenue del cielo? No terminaría su bebida y yo aún seguiría sin pedir la mía, hasta que notara que era la atracción de alguien y cada mañana le diría “Aún sigo viendo tu rostro acariciado por la lluvia y tu café abrigando tus suaves mejillas”. Ese día, mi día fue como en las películas. Esa mesita hoy tiene dos sillas ocupadas, con un bolso de estampillas y dos expreso que nos acompañan.